Crónica de un secuestro VIII


La aniquilación de libertades
Por Alvaeno Alvaeno


En el juego del poder económico la muerte cotiza al alza en sus bolsas, mientras millones de seres humanos están siendo sometidos y empobrecidos cada vez más, bajo una sola consigna `Por nuestra salud´. Haciéndonos responsables a todos los efectos porque se socializarán las pérdidas y como siempre, se seguirán privatizando las ganancias. Saldremos de esta, sí, pero más pobres que antes, sacrificándonos todos en pos de salvar al país y a su economía, y digo SU, porque nunca mejor dicho, lo que nos obligarán a salvar, claro, será su economía, la de ellos, la de los que trabajan para el capitalismo, y por supuesto, tendremos que salvar al capitalismo, por imperativo legal, como lo de quedarse en casa como panacea para "vencer" a un virus, como si el virus, fuese el ejército enemigo, y no, no lo es, es un virus, como tantos virus, pero este además de matar como los demás, éste se usa para, además, amaestrarnos, para quitarnos cualquier ápice de libertad, y no digamos de libre albedrío, del que nos han extirpado hasta el último grano.

En España, por ejemplo, existen 625 mil personas en listas de espera para ser intervenidas en quirófanos, de las cuales mueren cada año 25 mil, en los últimos diez años han muerto en España unas 250 mil personas por no haber sido atendidas a tiempo. No se entiende muy bien a qué obedecen estas medidas draconianas de confinamiento y de detención de toda la maquinaria económica de un país, cuando se sabe de sobra que este virus contagiará a un 70 u 80 por ciento de la población española, y que por desgracia, el 90% de esos contagios producidos en personas de riesgo les producirá la muerte a una gran mayoría de ellos, sobre todo a la población de mayores, y que estas medias no está protegiendo realmente.

Pero vienen o vendrán otras medidas de confinamiento a modo de campos de concentración, por ejemplo habilitando pabellones, hoteles, para confinar en ellos a los asintómaticos, o a los que den positivo en el test del covid-19. Se endurecen las medidas, y pasamos a un estado policial y militar, en el que saltarse la norma es percibido como delito y penado con multas e incluso cárcel, y no solo eso, sino que además se alienta a la mayoría a convertirse en policías, o lo que llamamos “la policía del balcón”, y en clave de humor “la vieja del visillo”, y esta policía de balcón no solo delata a los “infractores”, sino que los amenazan desde sus “atalayas balconiles” en defensa de esas normas establecidas y que no están dando los resultados que se suponía debían de estar dando, y claro, cuando los científicos se convierten en gurús o en una especie de adivinos que usan tablas de estadísticas que aunque les muestren lo contrario no saldrán de ellas, es lo que tiene, que al final, si dos y dos son cuatro no hay opciones, y ya sabemos que los burócratas nunca, nunca, se salen del papel que tienen delante, así es, y por desgracia, esto nos está llevando a algo cuyos resultados desconocemos, y no me refiero a los desastrosos resultados económicos que nos esperan, no, me refiero a los psicológicos, a las secuelas que este arresto domiciliario tendrá en todos nosotros, sí, pero, a estas alturas, escribir desde la disidencia ya sé que me condena a ser señalado por el dedo de las policías de balcón y de las viejas del visillo, además de, probablemente, granjearme el sambenito de loco o botarate, solo por expresarme y discernir, un poco, por saber diferenciar el grano de la paja, no en vano, aventé en mis tiempos de adolescencia, buenas cosechas de trigo en la era.

Sí, porque ya no hay otras opciones, aquí o es blanco o es negro, y no se ven otras alternativas, entre otras cosas, porque nadie quiere verlas porque es más fácil la “Obediencia a ti debida”; frase inspirada en el gran Salinas y su poemario “La voz a ti debida”, dejo uno de estos poemas aquí, pero les sigo diciendo, que me declaro disidente y desobediente civil.


LA VOZ A TI DEBIDA
¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».
Pedro Salinas


Salve, César, los que van a morir de saludan.

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